Para encontrarse uno mismo, quizá sea necesario perderse. Olvidar que existes, dejar de lado la vida, los sueños; caminar sin rumbo, sin pensar en nada y desconectar de aquello que te aflige. Llegar hasta el punto en el que la caída sea la calma, pero sin perder la perspectiva de que allí, allí abajo, tiene que haber un suelo donde rebotar. Quizá sea algo parecido a esperar tu momento con la tranquilidad que da el conocerse, el saber lo que se desea, intuir las posibilidades de tus características.
A veces es necesario esconderse, huir del presente y formarse para luego explotar en el momento justo y necesario, con las personas adecuadas, en un ambiente prolijo. No angustiarse por vivir a ciegas en sitios donde las cicatrices amenazan con convertir tu cuerpo en una foto de Richard Avedon. No cometer errores por la pulsión de agradar a las hienas. Simplemente dominar el tiempo con el ritmo de una buena música, las letras de una gran novela, las cervezas vacías de una conversación con amigos de verdad en una tetería oscura. Y es entonces cuando la ficción te reencuentra con la realidad y conectas con la fuerza necesaria para despertar tu yo dormido. Y te das cuenta de los matices de vida. Y disfrutas el momento a la espera de que los tiempos cambien y llegue el tuyo.
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